Conferencia de apertura de los cursos de comunicación en Dominicana


Anónimo - Posted on 12 May 2009

Conferencia apertura de los cursos de comunicación que el Instituto de Iberoamérica ha celebrado con la Presidencia de la República Dominicana.

 

Buenas noches.

En calidad de Secretario Académico del Instituto de Iberoamérica y Profesor del área de Sociología y Comunicación de la Universidad de Salamanca quiero agradecerles en nombre del Rector, el doctor José Ramón Alonso, su presencia aquí.

Vengo de una universidad que dentro en el año 2018 cumplirá 800 años de existencia. Fue en ese año cuando el rey Alfonso IX de León creó la institución que hoy les convoca por cuyas aulas pasaron como profesores Antonio de Nebrija, Francisco de Vitoria o Fray Luis de León. Esto ocurrió casi tres siglos antes de que existiera España.

Las universidades son lugares muy peculiares, porque el paso por ellas de tantos jóvenes les imprime un carácter dinámico permanente. En torno a 1.580 nuestra Universidad tenía alrededor de 6.500 estudiantes. Hoy, esa cifra es cinco veces mayor. La Universidad de Salamanca es, por eso, una joven de 800 años de historia, dispuesta a desplazar sus aulas a cualquier lugar del mundo para que estudiantes como ustedes puedan descubrir lo que significa haber sido estudiante de Salamanca. En España se dice como un refrán popular, “el que sabe, sabe, y el que no, que vaya a Salamanca”. Ya ven que hoy el refrán debería ser reformulado, porque Salamanca va a donde la necesitan.

El proyecto de estos diplomados ha surgido del interés de la Presidencia de la República por mejorar el modo en el que los ciudadanos conocen la tarea del ejecutivo a través de los gabinetes de comunicación y la profesionalización de los intermediarios de esa información que conecta, como un flujo vital, a los ciudadanos con los encargados de gestionar los recursos del estado. Y sabemos que ese flujo tiene como intermediarios a los medios de comunicación. Esos mismos de los que el presidente norteamericano Jefferson decía, para subrayar su importancia democrática, que prefería “periódicos sin gobierno que gobierno sin periódicos”. En su influyente trabajo en el que caracteriza los rasgos de la “poliarquía”, Robert Dahl (1971) incluye, entre otras, como condiciones sine quae non de la democracia avanzada la libertad de expresión y la diversidad de fuentes de información. Y en sociedades complejas (extensas, numerosas), como las nuestras, la articulación de esa libertad de expresión está en los medios de comunicación. Damos por hecho que los medios son imprescindibles para la democracia por cuanto ejercen un modo especial de accountability, la que algunos autores llaman “accountability social”.

Pero, ¿realizan adecuadamente los medios esa tarea de accountability social? ¿Están los medios de comunicación o el periodismo en crisis? Si la inversión publicitaria en todo el mundo sigue sufriendo la recesión global, las cuentas de resultados de los medios lo estarán muy pronto. Pero esa no es la crisis de la que es necesario hablar hoy. La que debe hacernos reflexionar es mucho más importante y se refiere, como ocurre con el término crisis, a un proceso de cambio, o mejor dicho, a más de uno.

La primera crisis afecta al periodismo como tal, o a la lógica de servicio público que subyace durante años en el funcionamiento de los medios de comunicación tal y como hasta hoy los conocemos. La desregulación económico-política ha transformado el paisaje de los medios hasta el punto de que hoy el paisaje periodístico es francamente irreconocible. A cualquier transgresión de los principios de la más elemental ética (no necesariamente la periodística) se responde con el “todo por la audiencia”. Y lo peor es que los ciudadanos empiezan a asumir que esa es una lógica implícita en la performance social de los medios de comunicación. Cada vez son más los canales de televisión disponibles, las estaciones de radio, las cabeceras de prensa diaria o de revistas. Y en esa espiral de máxima competencia, la lucha por buscar un poco del tiempo de atención de los ciudadanos justifica cualquier comportamiento. En todo el mundo los informativos de televisión (en especial los de las cadenas privadas) se han arrevistado, se han convertido en espacios con cada vez más cabida para las anécdotas, los hechos superficiales, las notas de espectáculos, los deportes. La competencia manda. Y las redacciones se han poblado de un número cada vez mayor de fuentes de información y cada vez menos tiempo para contrastarlas. Google es hoy (afortunada y desafortunadamente) la herramienta primaria de cualquier periodista en cualquier lugar del mundo. Y el contraste de fuentes, la triangulación con personas o documentación externa a la world wide web cada vez es más raro en las redacciones. Lo que está en Internet debe de ser cierto. Y el resultado es una mayor superficialidad en el proceso de producción informativa, inducida y potenciada seguramente porque los periodistas de los nuevos medios tienen que cubrir cada vez más temas por día, y en algunos casos producir los contenidos para soportes escritos, radiofónicos y televisivos a la vez en una malentendida integración de medios, usada como fórmula de ahorro de costes de producción. El resultado suele ser una clonación de los mismos contenidos en distintos medios, en una cascada en la que las agencias de noticias y los portales de información producen flujos que otros medios, simplemente, reproducen.

El papel de los medios públicos en esta ecuación es fundamental, pese a que la mayor parte de los países de América Latina han abandonado los medios públicos a su suerte. Hoy mismo, el gobierno de España ha dado un paso más hacia la consolidación de un nuevo modelo en la radiotelevisión pública española, haciendo que prescinda definitivamente de la publicidad, en un movimiento que merece ser reflexionado.

La segunda gran crisis se refiere a los medios, tal y como los conocemos. Lo valioso del periódico no es que se imprima en papel. El papel es simplemente una tecnología con más de tres mil años de antigüedad, que combinamos con la imprenta vigente los últimos cinco siglos. Y el periódico es el fruto de las limitaciones tecnológicas impuestas al proceso de información pública. Imprimir el papel, distribuirlo, necesita de un proceso. Pero los nuevos soportes no tienen esas limitaciones. Tienen otras. Pero proporcionan un nuevo modo de acercarnos a la información, ese que estamos aprendiendo conforme vamos construyendo socialmente y dotando de significado, de valor de uso, de habitus, a la red ubicua, multimedia, multisoporte y cada vez más mundial.

La tendencia a la descarga de contenidos online muestra precisamente esa tendencia: la de usar todos los medios como estamos acostumbrados a usar Internet. Cuando queremos. Cuando lo necesitamos. Y esto terminará con la radio o la televisión que conocemos, con las parrillas tal y como las hemos conocido durante la segunda mitad del siglo veinte. La parrilla no es más que un sistema de comercialización: la parrilla ordena los programas en función de los públicos disponibles. Y todas las técnicas que los programadores han venido utilizando durante décadas no son sino técnicas de marketing para luchar contra la competencia basándose en tiempo, targets y contenidos.

Pero la parrilla tiene los días contados. Los nuevos espectadores están dejando la televisión en buena medida porque les obliga a disciplinar su consumo de un modo en que no están dispuestos a hacerlo. Imagínense que Google estuviera disponible sólo de 3 a 4 de la tarde. Es ridículo, ¿verdad? ¿Y por qué no lo es que el noticiero esté sólo disponible de 18 a 19 horas si ya tenemos tecnología para evitarlo?

TiVo en Estados Unidos ha venido a solventar temporalmente este problema, pero en realidad han sido las redes sociales las que han producido un formidable cambio en el modo en el que el contenido de los medios tradicionales se ha incorporado a las redes. Muy por delante de los medios, los usuarios han comenzado a hacer algo que les gusta hacer, y mucho: compartir. Primero, compartir en el email esos terribles ficheros pesados que todos hemos recibido durante un buen tiempo de nuestras amistades. Y después, convirtiendo los portales multimedia en gigantescos almacenes audiovisuales por encima de las televisiones. ¿Dónde buscamos contenidos audiovisuales? Sin duda, en YouTube. Porque si algo existe, está en Google, y si tiene imágenes en movimiento, está en Youtube. Hoy, la revolución del web 2.0 nos conduce a un cambio mayor aún cuando los contenidos audiovisuales se combinan con los perfiles sociales en redes como Twitter o Facebook para servir de señales de identidad. Y pronto no servirán los actuales portales de las televisiones que no permitan una personalización del acceso a los contenidos basada en perfiles que puedan ser consultados y vinculados entre sí en redes sociales. Así están usando los jóvenes la red.

Mientras esto llega y las televisiones resuelven el agrio problema del copyright, los usuarios han desarrollado tecnologías tan extendidas como el viejo Napster, el envejecido Emule, el joven Torrent o los actuales portales de descarga. Con un ancho de banda cada vez mayor, los usuarios demandan los contenidos audiovisuales ya. Y con redes sociales que alcanzan a todo el mundo es difícil evitar que el fan de la archifamosa ‘Lost’ en cualquier lugar del mundo esté dispuesto a esperar dos años a que una televisión local emita el show. Quiere ‘Lost’ ya, al tiempo que sus amigos de las redes sociales estadounidenses. ¿Y por qué no? Al abrigo de esta demanda y ante la incapacidad de la industria de reaccionar con la suficiente rapidez han crecido los Rapidshare o Megaupload, portales de descargas privadas en los que los usuarios suben sus contenidos para que compartir después los enlaces a los contenidos audiovisuales con otros usuarios. Los usuarios tratan de descubrir esos enlaces en blogs y portales antes de que las distribuidoras obliguen a los sites a eliminar el contenido ilegal. Y el pez rápido se come, una vez más, al lento.

¿Cómo reaccionar ante todos estos cambios? Parece que lo más recomendable sería una actitud que no abunda precisamente en los medios: el research and development (i+d). Los más grandes, como News Corporation, optaron por comprar portales sociales como MySpace para aprender, cuanto antes y desde dentro, las nuevas lógicas de la comunicación en las redes. Los pequeños siguen, a paso lento, incorporando novedades mucho después de que los usuarios, en sus propias comunidades, las superen.

De todas estas cuestiones hablaremos y pensaremos juntos en estos días: cambios en el periodismo, cambios en las industrias, cambios en las políticas, cambios en la tecnología.

Comienzan hoy ocho semanas duras para ustedes, que han elegido sacrificar sus fines de semana para que Salamanca pase por ustedes. Y por las aulas del ICEI pasarán profesores de la Universidad decana y de algunas otras con las que trabajamos para conseguir la excelencia en lo que enseñamos. En particular, quiero agradecer la presencia hoy, junto a nosotros, de los profesores Emili Prado y Rosa Franquet, de la Universidad Autónoma de Barcelona que además de ser mi segunda casa es, con certeza, el centro de investigación más importante de la comunicación en España. En las próximas semanas les acompañarán también profesionales de medios tan prestigiosos como el grupo Prisa (el más importante grupo de comunicación en español del mundo, editor del diario El País y promotor de la primera red de radio Iberoaméricana, Unión Radio), de la Corporación Radio Televisión Española, del diario La Vanguardia o de la AIMC.

Uno de los lemas más conocidos de nuestra Universidad es el famoso ‘quod natura non dat, Salmantica non praestat’ (lo que no da la naturaleza, no lo presta Salamanca). Y, como verán, Salamanca les dará en estas semanas todo lo que tiene. Nada más y nada menos que nuevas preguntas para que su trabajo como comunicadores públicos sea cada vez más responsable, más consciente y más útil para los ciudadanos. Porque, como decía nuestro viejo Rector Miguel de Unamuno, debemos pensar no tanto en que somos hijos de nuestro pasado, sino en que somos también padres de nuestro porvenir.

Muchas gracias.
 

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