Congreso ICA 2018. Lenguas francas por Carlos Franz

Lenguas francas
Carlos Franz

Medianoche en la Plaza Mayor de Salamanca. Una brisa alivia los 27 grados de temperatura que persisten a esta hora. En las terrazas de esta plaza nadie quiere irse a dormir. Un grupo de brasileños guitarrea y canta. Una pareja baila con entusiasmo entre las mesas, motivada por una samba tan rítmica como nostálgica.

El saber no está reñido con la alegría. Esos profesores universitarios jóvenes son parte de los cinco mil académicos llegados de medio mundo para celebrar los ochocientos años de existencia de la Universidad de Salamanca. Con este motivo, la tercera universidad más antigua del mundo, después de Bolonia y Oxford, ha organizado el 56º Congreso de Americanistas. Estos americanistas, expertos en nuestro continente, cultivan decenas de especialidades que van desde la política y la economía a la antropología y la literatura.

Las callejuelas y las aulas de Salamanca bullen con esa diversidad. Las lenguas oficiales del congreso son el español, el portugués y el inglés. Esos idiomas se mezclan en las calles con las lenguas propias de los delegados venidos desde cuarenta países. A esa multiplicidad se añaden los lenguajes propios de las numerosas disciplinas. Me asomo a sesiones donde sociólogos, economistas, politólogos o historiadores, comunican sus saberes empleando, en parte, jergas especializadas.
 
Salgo de esas reuniones entusiasmado y confundido. América produce conocimientos tan vastos como ella misma. Pero el sueño de un saber global, que pueda sintetizar un tema tan grande, se aleja porque las disciplinas se especializan. Cada vez sabemos más de muchas cosas y menos de todo.

La Universidad de Salamanca celebra sus ocho siglos de sabiduría reconociendo esa paradoja. Este enorme congreso multidisciplinario es como la universidad misma: una torre de babel. Todos trabajan para construir saberes que ojalá lleguen al cielo, pero los deberes de la especialización hacen que esos saberes hablen lenguas crecientemente distintas.

El problema anterior seguramente no sorprende a ningún universitario profesional. Pero el escritor de ficciones es un infiltrado en la universidad (y está bien que lo sea). Así es que yo me sorprendo. Y hasta me preocupo porque me han invitado a dictar una de las cinco conferencias plenarias de este congreso que, por definición, deberían ser de interés general.

Las conferencias plenarias se imparten en el Paraninfo, el aula magna de la universidad. Aquí fue donde Unamuno enfrentó a un general fascista con ese inmortal: “venceréis, pero no convenceréis”. En la sala contigua Fray Luis de León, después de cuatro años prisionero, retomó sus clases comentando: “como decíamos ayer”. Eso fue hace cuatro siglos. Esta mañana distante me encaramo en el púlpito del Paraninfo embargado por un comprensible temor. ¿En qué lenguaje hablarles a personas tan diversas?

La literatura conoce ese interrogante desde siempre. Y lo ha enfrentado intentando crear hablas que fueran a la vez sofisticadas y naturales. Lenguajes que puedan expresar lo que perciben pocos de un modo que lo entiendan muchos.

Seguramente, los viejos muros del Paraninfo de Salamanca han escuchado ese problema antes. Los dialectos académicos entran en tensión cuando se exponen a la jerga de otras disciplinas, como ocurre en congresos de este tipo. Entonces puede sobrevenir una frustración: los términos de las respectivas ciencias, que sus cultores consideraban comprensibles, se revelan raros y hasta absurdos cuando otros los malentienden o los ignoran. Esa brecha entre disciplinas se abre, aún más honda, entre el dialecto de éstas y el lenguaje de la sociedad.

La sociedad demanda con auténtica nostalgia el saber que las humanidades descubren y crean. Pero a menudo parece que las ciencias humanas contemporáneas atesoraran su conocimiento con celo de propietarias resguardándolo tras los barrotes de léxicos enigmáticos y hasta de gramáticas arcanas. Ese celo de los especialistas produce una justificada irritación en los ciudadanos de a pie, y también abre paso a los demagogos con sus lenguajes falsamente naturales.

Sería necesario crear una lengua común –una koiné– que facilite el diálogo entre los distintos saberes y de estos con la sociedad. Esa lengua franca es especialmente necesaria en el caso de las humanidades, para que éstas recuperen una influencia efectiva sobre nuestra sociedad.

La literatura podría ofrecer a las humanidades su viejísima experiencia en el arte de crear “lenguas francas”, lenguajes que conjugan la profundidad con la naturalidad.

Soñar no nos cuesta nada, y es lo que hacemos mejor los escritores. En la Plaza Mayor de Salamanca los brasileños guitarrean, cantan y bailan. Una “tuna”, un grupo de estudiantes salmantinos con los nombres de sus países bordados en sus jubones de terciopelo negro, se aproxima y se une a la fiesta. Pronto entonan una canción que se saben todos. Esa lengua franca musical aumenta la alegría. Brindo por ellos.